“El superciclo de precios no espera: o Chile decide, o deciden el Congo, Perú o Argentina”
o.- (Dr. Manuel Viera Flores Presidente Cámara Minera de Chile) El mundo está librando tres guerras al mismo tiempo y las tres se pelean, en el fondo, por lo mismo: recursos mineros que chile los tiene y LATAM también
La guerra comercial entre Estados Unidos y China es una guerra por los minerales críticos y la supremacía tecnológica, incluso hasta egos y una hoguera de vanidades en juego; la de Rusia y Ucrania reordenó la energía y los fertilizantes del planeta; y el conflicto entre Irán e Israel tiene al estrecho de Ormuz —por donde pasa un quinto del petróleo mundial— convertido en el termómetro de la economía global. El Banco Mundial ya puso números al desorden: la energía subirá 24% este año, los fertilizantes 31%, y los metales básicos están en máximos históricos mientras el crecimiento mundial cae a 2,5%. ¿Pero por qué pasa esto? ¿Por qué no hay paz en el mundo?
Primero por el apetito voraz de las superpotencias, al no tener materias primas presionan a los países que las poseen ya sea con aranceles o invasiones como en ucrania o guerras inconscientes. “Pero las próximas guerras se librarán en las minas”.
En la guerra comercial conviene decir lo que pocos dicen: nadie está ganando. Estados Unidos conserva la frontera tecnológica -los chips de inteligencia artificial, el mercado de capitales, el dólar-, pero China demostró en 2025 que sin sus tierras raras se paran fábricas occidentales en sesenta días, y hoy refina 19 de los 20 minerales estratégicos del planeta con una cuota promedio del 70%.
La tregua firmada en Pekín en mayo vence en noviembre: es una pausa entre dos asaltos, no la paz. Y mientras tanto China ya invierte en investigación y desarrollo, ajustado por poder de compra, más que Estados Unidos, según la OCDE. La lección para nosotros es brutal: las potencias se pelean por lo que nosotros tenemos bajo los pies, sin saber sacar el máximo valor económico de las riquezas minerales bajo el subsuelo.
Porque aquí está la paradoja que me obsesiona: las tres guerras castigan a América Latina por el lado de los costos -combustibles, explosivos, fletes, urea- pero la premian por el lado de los precios. El cobre tocó US$13.000 la tonelada, su máximo histórico; el oro y la plata vuelan como refugio; el litio tiene demanda estructural asegurada por décadas. La renta minera de 2026 será extraordinaria. La pregunta es: ¿Quién la capturará? ¿Chile está preparado para capturar esta bonaza o seguimos poniendo piedras en el camino como ahora?
Chile y Perú concentran juntos cerca del 37% del cobre mundial: 5,42 millones de toneladas el primero, 2,77 millones el segundo. Tenemos la geología, las carteras de inversión -US$104.549 millones Chile, US$64.075 millones Perú- y los precios y la demanda en alza. Lo que no tenemos es velocidad, y muchas veces el criterio, pues cada país carga sus propios pecados capitales. Chile: una permisología que demora entre 8 y 12 años un gran proyecto, una cartera 81% “brownfield” porque dejamos de explorar o sencillamente nuestras autoridades no han entendido el negocio minero; un litio prisionero de los artículos 7, 8 y 9 del Código de Minería y una pequeña minería asfixiada por patentes que subieron 400%. Perú: la conflictividad social que bloquea corredores mineros, la inestabilidad política que espanta contratos a treinta años, la minería ilegal de oro y proyectos emblemáticos -Tía María, Conga, La Granja- durmiendo el sueño de los justos. Ninguno de estos pecados es geológico; todos son decisiones políticas.
Sumar un millón de toneladas de cobre fino adicionales es factible en ambos países, y lo he demostrado con números: en Chile, combinando expansiones “brownfield” (600 a 900 mil toneladas), proyectos greenfield como Vizcachitas y Marimaca, y la minería subterránea masiva por block caving en los sulfuros profundos; en Perú, solo Cajamarca tiene dormidas más de un millón de toneladas anuales entre La Granja, El Galeno y Michiquillay. El costo de entrada es conocido: US$12.000 a 18.000 millones, 4.500 a 6.000 GWh de energía limpia, 1.500 a 2.000 litros por segundo de agua desalada y entre 4.000 y 6.000 trabajadores que hay que empezar a formar hoy.
«Mientras las potencias se arman con minerales, Chile tramita»
Pero producir más no basta. La verdadera revolución pendiente es industrializar: una política nacional de fundición y refino -la fundición es el hipocentro que une la minería extractiva con la manufactura-, encadenar el litio hacia cátodos y precursores, crear de una vez una política de tierras raras, dar gobernanza al renio del que Chile es primer productor mundial, y reprocesar los más de 700 depósitos de relaves que son yacimientos artificiales ya molidos. Exportar valor, no rocas o concentrados. Si las potencias convierten los minerales en armas, nosotros debemos convertirlos en desarrollo para los más pobres.
La ventana está abierta, pero las ventanas se cierran. Los proyectos que se decidan hoy producirán entre 2032 y 2035, cuando nadie garantiza estos precios. Argentina ya reaccionó con su RIGI, el régimen de incentivos; el Congo e Indonesia avanzan. La transición energética no esperará a que ordenemos nuestras ventanillas ni a que resolvamos nuestras peleas chicas. La geología nos hizo potencia; solo la velocidad nos mantendrá siéndolo. Que las guerras de otros no nos encuentren, otra vez, mirando el superciclo desde el balcón.
“El nuevo mapa del poder se dibuja con minerales: el lugar de Chile está en juego”. (Cámara Minera de Chile)
