Cambios oportunos en el sector nuclear
o.- (Emilio J. Apud, Ingeniero industrial, exsecretario de Energía y Minería)
Avance. Se trata de un área que, luego de 76 años de iniciada su actividad, ha alcanzado el prestigio internacional y el know-how necesarios para encarar con éxito proyectos ambiciosos.
El sector nuclear argentino, luego de 76 años de iniciada su actividad, ha alcanzado el prestigio internacional y el know-how necesarios para encarar con éxito proyectos en el área. Cuenta con las centrales Atucha I, II y Embalse en operación y con centros de excelencia para la formación de especialistas como el Instituto Balseiro, Invap y la Comisión Nacional de Energía Atómica, junto a múltiples laboratorios y empresas tecnológicas mixtas y privadas de apoyo.
En los últimos 15 años, el sistema energético argentino ha experimentado una serie de cambios por causas endógenas y externas, producto del reacomodamiento tecnológico y geopolítico en el nivel global, que obligaron a rever las pautas que regían las decisiones en el sector nuclear argentino.
Las características de la ecuación energética en nuestro país están cambiando significativamente debido a la irrupción del megayacimiento de shale oil y gas de Vaca Muerta (VM), con precios de los combustibles tendiendo a la baja ante su inminente incursión en los mercados internacionales y también por la incorporación de energías renovables cada vez más accesibles y baratas.
El efecto disruptivo de ese cambio fue pasar de una histórica y limitante situación de escasez energética a otra de abundancia. Esa transición llevó a cambiar las viejas políticas restrictivas por otras expansivas para explotar y monetizar los recursos de shale oil y gas de Vaca Muerta en el plazo todavía incierto de la transición energética.
Pero la industria petrolera y las actividades que abastece dispondrán del tiempo suficiente para cerrar un negocio de más de 160 años en forma ordenada y reconvertirse dentro de los nuevos paradigmas energéticos internacionales. La mayoría de los pronósticos de organizaciones internacionales consideradas independientes estiman que esa transición requerirá de al menos 50 años. Es decir, a la Argentina le queda tiempo para colocar en el mercado internacional –el doméstico es ínfimo en relación con el recurso VM– la mayor cantidad de petróleo y gas de VM.
Esta realidad hace inviable la generación nucleoeléctrica en la Argentina para los próximos 20 o 30 años. No resulta económico para el sistema argentino de interconexión (SADI), pero tampoco para grandes data centers de IA. En efecto, en los gastos operativos de los denominados hyperscale data centers, la electricidad representa cerca del 40%, y los plazos de construcción exigidos por las desarrolladoras son muy acotados, de no más de dos años. Ninguna de estas condiciones satisfaría hoy una nueva central nuclear, tradicional o SMR en nuestro país.
Actualmente, y desde hace tiempo, en la Argentina el capital es uno de los recursos más escasos, mientras que el que ahora es abundante, como ya vimos, es el gas. Una central nuclear requiere de un Capex (gastos de capital) casi 10 veces superior al de una central térmica a gas de ciclo combinado y un plazo de construcción no inferior a 8 años, lo que incrementa la inversión en más de un 30%.
Con estos datos he querido demostrar que invertir en nuevos reactores nucleares para vender electricidad en los próximos 20 años no es conveniente. Sin embargo, esto no debe implicar detener el desarrollo nuclear. Además del negocio eléctrico, la industria nuclear obtiene beneficios de diversas actividades, como la medicina nuclear para diagnóstico y tratamiento, exportación de reactores nucleares (donde es líder mundial), investigación y producción de radioisótopos, así como la capacidad global de producir agua pesada. Pero, para crecer en los mercados locales e internacionales, el sector debe adaptarse y expandir sus áreas de negocio.
En los últimos años, el Estado ha intervenido en el área nuclear con decisiones cuestionables basadas en intereses políticos y corporativos, sin los necesarios estudios de factibilidad económica y financiera requeridos para toda inversión de esta magnitud, más aún si se hacen con fondos públicos.
Era de esperar entonces una reconfiguración en la gestión del sector nuclear y una reformulación de sus objetivos como la encarada recientemente por el Gobierno. En ese contexto es que se han cancelado proyectos como Atucha III con reactor Hualong One de 1200 MW de origen chino cuya construcción fue acordada a los apurones por el kirchnerismo en 2015, poco antes del cambio de gobierno, comprometiendo más de USD 10.000 millones; está en revisión el Reactor Carem, una iniciativa pionera con tecnología de hace 45 años cuando se inició, pero que en la actualidad no resultaría comercialmente atractivo y no se habló más del disparatado proyecto anunciado por el Gobierno en 2024 dentro de un improvisado plan nuclear que consistía en desarrollar y construir cuatro reactores modulares de 300 MW por más de u$s 8.000 M para abastecer a un hipotético data center de IA con energía carísima.
Afortunadamente, la confluencia entre el interés de la demanda global por reactores de módulo pequeño (SMR) y la experiencia tecnológica del sector nuclear argentino han producido hace pocos meses un cambio conceptual que puede ser trascendental para un “revival” de nuestra alicaída actividad nuclear. Se trata de fabricar reactores para la exportación, en lugar de destinar la producción exclusivamente al suministro energético del mercado nacional.
Los SMR (por small modular reactor) son generadores de electricidad que utilizan la energía de la fisión nuclear, al igual que los más de 400 tradicionales que están funcionando en todo el mundo y los 50 en construcción, pero con la ventaja de ser compactos, poder construirse en una planta y luego ser transportados para su montaje en destino, con plazos de construcción de un cuarto de los convencionales y con potencias inferiores a los 300 MW.
De eso se trata el emprendimiento conjunto que está llevando a cabo Invap, dueño de la patente que cuenta además con la sinergia de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), Nucleoeléctrica Argentina (NASA) y Conuar, junto con un inversor tecnológico estadounidense, Hamid Ansari, que financia el desarrollo y está interesado en su construcción y comercialización.
La asociación s e denomina Meitner Energy, su capital accionario es 40% Invap y 60% Ansari Group y el objetivo de la empresa es construir el primer SMR en el país, denominado ACR-300, un reactor de generación III+ y tecnología PWR, con una potencia aproximada de 300 MW, producirlo en serie y exportarlo al mundo. Cabe destacar que ya se han invertido más de u$s 150 M en el país para el desarrollo del proyecto en el que trabaja una mayoría de especialistas argentinos. Se proyecta que, dentro de tres años y con una inversión estimada de u$s 1200 M y tecnología propia, se podrá iniciar la fase comercial.
El primer reactor se construirá en la zona de Atucha, una ubicación que cumple con todos los requisitos y permisos exigidos por los protocolos y salvaguardias del sector nuclear. Un beneficio adicional del ACR-300 es que ayudará a frenar la fuga de talento, capital humano y conocimiento tecnológico causada por los bajos honorarios locales, la escasez de proyectos y la demanda internacional de especialistas nucleares.
Pero no estamos solos en este nuevo y atractivo nicho del mercado nucleoeléctrico. Hay cuatro o cinco países que trabajan en el mismo objetivo. Es decir: hay que moverse rápido, eliminar obstáculos reales e imaginarios, optimizar la relación entre el interés privado y el conocimiento de las instituciones nucleares del país y salir a vender el ACR 300 en el mercado internacional, sin preocuparnos del sector eléctrico argentino que los va a necesitar recién dentro de un par de décadas.
Se trata de fabricar reactores para la exportación, en lugar de destinar la producción exclusivamente al suministro energético del mercado nacional. (La Nación; Buenos Aires, 05/08/2026)
Cambios oportunos en el sector nuclear
