Un triunfo que pone en aprietos a Milei
o.- (Marcelo Cantelmi) El triunfo de Lula quiebra el diseño hegemónico de Trump y también pone un freno a la serie de liderazgos regionales que se apoyan en la Casa Blanca. Entre ellos, el del presidente Javier Milei.
La victoria de Lula da Silva en un dramático balotaje es una hazaña extraordinaria que amontona un puñado de récords y, al mismo tiempo, abre un panorama inesperado en una región que se anunciaba de un perfil homogéneo. Más allá de la objeción del senador Flávio Bolsonaro que pidió anular las elecciones y no reconoce su derrota, lo cierto es que el líder del PT es desde este domingo el primer presidente de la historia de Brasil con cuatro mandatos. También el primer candidato que gana el segundo turno después de perder el primero. Pero asimismo es el primer mandatario del subcontinente que rompe con la maldición de los oficialismos condenados a perder y que además quiebra el diseño del presidente norteamericano Donald Trump y su canciller Marco Rubio de control de la región que en las últimas siete elecciones se zanjó con dirigentes alineados con la Casa Blanca.
Entre esos dirigentes figura el jefe de Estado argentino, Javier Milei, que se involucró en este comicio con una retahíla de insultos contra Lula, a despecho de que atacaba al principal socio comercial de nuestro país colocando la relación al borde de la ruptura. La gran pregunta es cómo se vuelve de ahí. El canciller brasileño había propuesto a su colega, Pablo Quirno, alguna solución para la crisis, “pero el ministro argentino no le dio importancia”, según revelaron a Clarín en Itamaraty.
Atento a la influencia de Brasil, que tiene frontera con diez naciones y es la segunda economía del hemisferio, esta novedad es de una magnitud imprevisible. Lo es tanto para la visión dominante del triunfo como para ese puñado de gobernantes de la llamada “ola azul” que ya enfrentaba el desafío por el posible recorte de poder del mandatario de EE.UU. en las inminentes legislativas estadounidenses.
Desde esa perspectiva, se abre una bisagra. Perder Brasil para la Casa Blanca es perder a Latinoamérica, un revés con consecuencias para el arquitecto de la ofensiva sobre la región, el canciller Rubio y sus ambiciones presidenciales.
Para quienes en el vecindario regional se apuren a festejar y tomar cuotas para su balance político de esta noticia, vale aclarar que éste no es el Lula que se fantasea. Logró esta victoria a partir de una mutación política, agudizando el giro pragmático de sus dos primeras presidencias. El líder del PT, al revés de muchos de sus aliados más allá de estas fronteras, puede exhibir una economía con reservas de casi u$s 400 mil millones, un riesgo país bajo y estable (1,7% por encima de la tasa de EE.UU.) y más de u$s 70 mil millones de inversión directa internacional. Ese diseño acaba de convertir a Brasil en la octava potencia económica mundial por encima de Italia, según el FMI. Cualquier político que busque sentirse parte de esta victoria debería demostrar logros parecidos.
La hazaña electoral se produce después de que el gobernante corrigió una serie de graves errores propios. El mandatario perdió la primera vuelta por 1,8% de los sufragios, con un condimento de voto castigo que también se evidenció en el alto número de abstencionistas debido a que se resintió un dato clave de sus gobiernos: una distribución equitativa de la renta. En Brasil, ocho de cada diez familias tienen deudas para sostener los gastos mínimos y en gran parte de la clase media hay un resentimiento porque se debe postergar el desarrollo individual.
Lula perdió votos en el nordeste, notablemente. El presidente lanzó un programa para recuperar la atención de esos sectores con beneficios polémicos y logró aprobar una legislación demandada por la mayoría del país para otorgar dos feriados pagos en la semana laboral como en Argentina. Tres millones de personas que no votaron lo hicieron este domingo. La abstención bajo de 21% a 19% y Lula sumó 4 millones de votos, el doble de lo que perdió en primera vuelta.
No es claro si fue por esas medidas. Operó también un voto cruzado. Bolsonaro cometió el error de anunciar que revisaría aquella legislación laboral; debió aclarar que no habría cargos para su padre, Jair Bolsonaro, reconociendo el peso negativo de la memoria de aquel gobierno; y se burló del defecto de Lula que perdió un meñique e sus épocas de obrero metalúrgico.
Lo que viene no será sencillo.
El líder del PT tendrá una gobernabilidad limitada por el poder que logró el partido Liberal de Bolsonaro en un Congreso dominado por la centroderecha y la derecha dura. Esa estructura que puede imponer leyes y trabar las del Ejecutivo, tiene poder hasta para amnistiar a Jair Bolsonaro. “Con Lula presidente será difícil”, le dice esperanzada una fuente del PT a Clarín en la noche de los festejos. Pero habrá una competencia para medir fuerzas con un Legislativo acostumbrado a cogobernar y ahora con más herramientas. Por lo menos el perdedor de esta noche no estará en esa batalla: su banca vence en enero.
En histórico balotaje, Lula obtuvo 51,7% de votos contra 48,3% para Flávio Bolsonaro. (Clarín; Buenos Aires, 26/10/2026)
Un triunfo que pone en aprietos a Milei
