Precios del cobre y níquel podrían duplicarse hacia 2035 por demanda de transición energética
o.- (Por Danitza Salas). El cobre y el níquel podrían costar el doble de lo que cuestan hoy antes de que termine la década. No es una proyección especulativa de un banco de inversión con incentivos para el optimismo: es la conclusión central de un análisis de Coface, la aseguradora de crédito comercial que monitorea riesgo en cadenas de suministro globales. Y la lógica detrás del pronóstico es tan simple como perturbadora: la demanda que viene no tiene oferta que la respalde.
La ecuación rota: más demanda, menos mina
La transición energética no es un concepto abstracto en un reporte del IPCC. Es una demanda concreta, creciente y con fecha. Para 2035, el mundo necesitará exponencialmente más cobre para tender redes eléctricas, fabricar motores de vehículos eléctricos y sostener la infraestructura de energías renovables. El níquel, pieza central de las baterías de litio-ion de alta densidad, enfrenta la misma presión. Coface estima que a ese ritmo de adopción tecnológica, los precios de ambos metales podrían duplicarse respecto a los niveles actuales.
El cobre cotiza hoy alrededor de los 9,500 a 10,000 dólares por tonelada métrica en el LME, dependiendo de la semana. Un escenario de precios que se acerque o supere los 20,000 dólares para 2035 redefine completamente la rentabilidad de proyectos que hoy están en lista de espera, cambia el mapa fiscal de países productores y eleva el costo de construcción de toda la infraestructura verde que los gobiernos prometieron. El níquel, que pasó por una montaña rusa brutal entre 2022 y 2024, empezaría a recuperar tracción si la demanda de baterías crece como proyectan la IEA y BloombergNEF.
El problema de fondo es estructural. Abrir una mina de cobre tarda entre 15 y 20 años desde el descubrimiento hasta la producción comercial. Las inversiones que se necesitarían hoy para satisfacer la demanda de 2035 ya llegan tarde. El pipeline global de proyectos cupríferos no alcanza a cubrir el déficit proyectado, y el de níquel enfrenta un dilema adicional: la sobreproducción indonesia de níquel de baja pureza deprimió los precios en 2023 y 2024, desincentivando inversión en el níquel de grado batería que realmente necesita la industria de vehículos eléctricos.
Indonesia y el espejismo del níquel barato
Indonesia produce hoy más del 50% del níquel mundial. Esa cifra suena reconfortante hasta que se desagrega: la mayoría de ese níquel es clase 2, útil para acero inoxidable pero no óptimo para baterías de alta densidad energética. Las baterías NMC —níquel, manganeso, cobalto— y las NCA requieren níquel de alta pureza, clase 1. Y ahí el panorama es diferente.
La sobreoferta indonesia de los últimos dos años hundió el precio spot del níquel hasta mínimos que no se veían desde 2016, forzando cierres de operaciones en Australia, Finlandia y Nueva Caledonia. Glencore pausó producción. BHP evaluó sus opciones en Nickel West. El resultado es una paradoja: los precios bajos de hoy están destruyendo la oferta de alta pureza que se necesitará mañana. Cuando la demanda de baterías escale a partir de 2026-2027, no habrá capacidad instalada para responder con rapidez.
Coface identifica ese desfase como uno de los drivers centrales de su proyección de precios. No es que la demanda vaya a crecer sin oferta por negligencia. Es que el ciclo minero tiene tiempos que la curva de adopción tecnológica no respeta.
Cobre: el cuello de botella más caro del planeta
Chile produce el 27% del cobre mundial. Perú, el 10%. Esos dos países concentran más de un tercio de la producción global de un metal sin el cual la transición energética es, literalmente, imposible. Cada aerogenerador requiere entre tres y cuatro toneladas de cobre. Cada vehículo eléctrico usa cuatro veces más cobre que uno de combustión interna. Una red eléctrica renovable demanda el doble de cobre por kilowatt instalado que una red convencional.
La consultora Wood Mackenzie estimó que para cumplir los objetivos climáticos de 2050, el mundo necesitará producir tanto cobre en los próximos 25 años como en toda la historia de la humanidad hasta hoy. Esa cifra no es retórica. Es una advertencia de ingeniería.
Chile enfrenta costos crecientes: leyes de mineral en declive en Escondida y Collahuasi, presión hídrica en el norte desértico y restricciones ambientales más estrictas. Perú no resuelve su ecuación social: los conflictos comunitarios en Las Bambas, Cuajone y Tía María han costado cientos de miles de toneladas de producción perdida en la última década. Freeport-McMoRan y Southern Copper tienen proyectos en desarrollo, pero los tiempos de aprobación y construcción empujan la producción adicional hacia el final de la década, en el mejor de los casos.
El resultado es un mercado que llegará a 2030 con un déficit estructural de entre dos y ocho millones de toneladas anuales, según distintas proyecciones del ICSG y consultoras privadas. La amplitud del rango refleja la incertidumbre sobre adopción de vehículos eléctricos y velocidad de expansión de redes, no sobre la dirección de la tendencia. La dirección es clara.
Quién gana, quién pierde y quién ya tomó nota
Un escenario de precios del cobre que se duplica antes de 2035 tiene ganadores evidentes: los países con reservas grandes y proyectos en desarrollo avanzado. Chile y Perú encabezan esa lista en Latinoamérica. Argentina tiene potencial cuprífero en Salta y San Juan que hoy es subexplotado. Ecuador avanza con Mirador y el desarrollo de su frontera minera emergente.
Los inversionistas institucionales ya mueven fichas. Las acciones de grandes cupreras —Freeport-McMoRan, Southern Copper, Teck Resources— han incorporado parte de esta expectativa. Los royalties sobre producción futura de cobre se negocian a múltiplos que reflejan el escenario alcista. Los fondos de infraestructura verde, que necesitan acceso garantizado a cobre para sus proyectos de energía renovable, están construyendo posiciones en productores integrados.
Los perdedores menos obvios son los fabricantes de bienes que dependen del cobre como insumo: fabricantes de cables, constructoras de infraestructura eléctrica, ensambladores de paneles solares. Para ellos, el doble de precio del cobre no es un escenario de oportunidad. Es un golpe a los márgenes que trasladarán, parcialmente, al consumidor final de la energía verde.
Los gobiernos que todavía tienen proyectos mineros bloqueados por disputas regulatorias o conflictos sociales enfrentan una cuenta de oportunidad que crece con cada año que pasa. Cada tonelada de cobre que no se produce hoy en Perú o en cualquier otro país con recursos sin desarrollar es renta minera que no entra a las arcas fiscales, en un contexto donde los precios altos amplifican esa pérdida.
La ventana que se cierra
Coface no es el primero ni será el último en advertir sobre este desfase. Goldman Sachs, el Banco Mundial y la IEA han publicado análisis convergentes en los últimos tres años. Lo que añade el análisis de la aseguradora es una perspectiva de riesgo comercial: el impacto en cadenas de suministro de manufactura, en costos de financiamiento de proyectos de energía limpia y en la solvencia de países importadores de commodities que dependen de infraestructura nueva para sus compromisos climáticos.
El mercado no espera. Los contratos de largo plazo para cobre —que los grandes consumidores industriales negocian con minas y traders— ya incorporan premios sobre precio spot que reflejan escasez futura. Las mineras con proyectos avanzados en jurisdicciones estables reciben llamadas de compradores que hace cinco años negociaban spot y hoy quieren certeza de suministro a 10 años.
Un precio del cobre en 20,000 dólares por tonelada en 2035 no es el escenario base de todos los analistas. Pero tampoco es un escenario extremo. Es el resultado lógico de una demanda que crece de forma estructural y una oferta que no puede seguirle el paso. Las mineras que tengan producción nueva en línea antes de 2030 capturarán la mayor parte del upside. Las que dependan del permiso que todavía no llega, del financiamiento que todavía no cierra, o del conflicto comunitario que todavía no se resuelve, llegarán tarde a la mejor ventana de precios de metales base en décadas.
El reloj ya está corriendo. Y en minería, correr siempre cuesta más. (Minería en Línea)
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