Las energías renovables, un negocio que pocos ven según CADER: “Cuanto más tardemos, más caro será entrar”

Las energías renovables, un negocio que pocos ven según CADER: “Cuanto más tardemos, más caro será entrar”
o.- (Marcelo Batiz) Más allá de la “moda del negacionismo”, las energías renovables tienen una importancia que excede su aporte a la descarbonización. El Gobierno debe entender su aporte a la economía y al intercambio comercial.
Las energías renovables ya no son una preocupación de “ecologistas románticos” sino una oportunidad de negocio que la Argentina no debe desaprovechar, porque cuanto más demore en el impulsar su desarollo más caro le va a resultar su implementación.
Para el presidente de la Cámara Argentina de Energías Renovables (Cader), Marcelo Álvarez, la transición energética no debe partir de un enfrentamiento entre renovables y gas, sino de un trabajo conjunto, aunque con una diferenciación en las fuentes de financiamiento internacional disponibles.
Álvarez cuestionó el retraso de los últimos años en materia de energías renovables en el mundo, que atribuyó a “la moda del negacionismo” y sostuvo que la mejor estrategia para abordar el asunto con el Gobierno del presidente Javier Milei es mostrar sus beneficios económicos, tanto por sus costos como por las condiciones que imponen los países de la Unión Europea.
Asimismo, si bien ese desarrollo puede ser protagonizado por el sector privado sin que el Estado desembolse un centavo, eso no implica la prescindencia de este último en la planificación, ya que el riesgo es que esa tarea termine llevándola a cabo un tercero con objetivos que pueden no ser los mismos que los nacionales.

Los ejes de la transición energética
– ¿A qué apunta el proyecto de ley de Transición Energética que presentó CADER junto a otras entidades?
– La idea surge originalmente como marco regulatorio antes de que Milei ganara las elecciones presidenciales. Había un diagnóstico de muchas resoluciones y decretos emparchando las leyes madre del sector y creíamos que para generar inversión de largo plazo había que tener un marco regulatorio más ordenado, transparente y previsible. A partir de eso, queríamos contar con algo que incentivara las inversiones y la descarbonización de la matriz a partir de la seguridad jurídica. En los últimos dos años hicimos un proceso de diálogo con siete ejes: renovables, fósiles, uso eficiente de la energía, movilidad sustentable, hidrógeno verde, infraestructura de redes y el transversal, que era financiamiento.
Con esos siete capítulos discutimos con las generadoras, la UIA, las instituciones del campo, las universidades, los gremios, con un objetivo de máxima que es la ley de transición con una hoja de ruta asociada, un objetivo intermedio que sería que cada uno de esos capítulos puede ser una ley independiente si no tenemos el consenso total y un objetivo de mínima que es que la clase política identifique que hay una oportunidad de crecimiento económico, generación de empleo, descarbonización y previsión del impuesto de carbono en frontera, producto ahora del convenio con la Unión Europea, pero que más adelante va a ser con todas las economías. Y al identificar la oportunidad, que la aproveche.
Le pedimos al Estado nacional que marque la cancha para que los privados locales e internacionales inviertan y que se dé un proceso de modernización de la infraestructura eléctrica sin que el Estado tenga que poner un centavo; solo le pedimos que arbitre los medios para tener una hoja de ruta asociada a la descarbonización. A partir de eso, tener financiamiento externo a tasa subsidiada a cambio de ese plan adicional de descarbonización y acceder a un mercado de capitales, al que de otra forma Argentina no podría acceder, o solo lo haría a tasas muy altas. Hoy, una empresa argentina que se va a endeudar en el exterior, con honrosas excepciones, lo hace entre el 8% y el 9% en dólares y, en los países vecinos, por poner el caso de Chile, se endeudan a la mitad para los mismos proyectos de energías renovables.

-Ya que habla de clase política, ¿qué recepción tuvo este proyecto en la Secretaría de Energía y en el Congreso?
-Con los términos de referencia, hasta ahora está todo el mundo de acuerdo. Con el articulado, que es donde estamos ahora, es donde se empiezan a pisar callos. Todos dicen “quiero un mundo mejor, más justo, más inclusivo, más barato”, pero al aterrizar se ven algunos intereses y empieza la tensión y la discusión.

– ¿Cuáles serían esos intereses?
– Cuando un sistema crece y adopta una proporción mayor del mercado, hay uno que va de salida; crece la electricidad y decrecen los combustibles fósiles en transporte y en generación de energía. Y los combustibles fósiles son una porción dominante de la economía con los que hay que trabajar en conjunto, no en contra. La transición va a ser con renovables y gas, la discusión es la proporción de cada uno y quién financia qué. O sea, si el financiamiento climático usa para todas las llamadas energías limpias (renovables, gas, nuclear) o solo para lo realmente transformador como las renovables y que nuclear y gas tengan financiamiento de su propio plan de negocios.
Esa discusión hoy es central, porque hace unos años estaba claro que las renovables se financiaban con fondo climático y las otras no, pero la llegada de gobiernos como Trump, Bolsonaro, Milei y varios asiáticos para retrasar el Net Zero (neutralidad de la huella de carbono) patea el problema para adelante. Por eso, cuando dialogamos con el gobierno, elegimos una estrategia de no confrontación. No de “cambio climático sí, cambio climático no”, sino mostrarle que hay una oportunidad de negocios que, sin tener inversión estatal, puede generar inversión nacional y extranjera en la descarbonización de la matriz y que genera todos los beneficios sin que tenga que poner un centavo.

– ¿Por qué sostienen que este proyecto plantea más un cambio de paradigma que solo una sustitución tecnológica?
– Cuando el mundo cambió carbón por petróleo, se pasó de un recurso más escaso a uno más abundante, más barato y más fácil para producir a velocidad. Ese no es el driver de la actualidad; hace décadas se hablaba del riesgo de agotamiento del petróleo; hoy el reactivo limitante no es ese, sino las emisiones. Y esas emisiones hacen que tengamos que cambiar un modelo que actualmente sigue siendo eficiente en términos económicos por uno que es más eficiente, pero que, percibido desde la matriz tradicional, no es necesario en el corto, sino en el largo plazo.
Lo que tenemos que cambiar de forma de pensar es cómo producimos y consumimos energía, porque estamos agotando recursos que no son renovables, así los podamos pagar. Hace unos años hubo una campaña en España que decía, “Si usted puede pagarlo, España no”. Trataba de generar conciencia en el usuario común de que el costo sistémico que iba a pagar el país como economía si no se transformaba era más caro. Y hoy España tiene el premio, claramente es un caso para mostrar como éxito, con la energía eléctrica más barata de Europa, porque tiene una mayor penetración de energía eólica y solar que el resto del continente. La guerra de Ucrania generó que eso se ponga muy de manifiesto. La penetración de fuentes variables como las renovables (la solar no funciona de noche y la eólica cuando no hay viento) necesita una penetración de almacenamiento. Ya hay un montón de sistemas que tienen una alta penetración de almacenamiento en términos competitivos, con una curva de caída de precio que es más rápida que la de los módulos fotovoltaicos, que bajaron 10 veces de precio en los últimos 10 años.
Hay que planificar; ninguna matriz energética nacional debería ir a donde el mercado la lleve solamente por precio. El Estado nacional tiene que planificar hacia dónde quiere ir y después los privados haremos las inversiones que hagan falta para competir con las reglas del juego. Pero el Estado no debería tomar decisiones solamente por el precio del kilovatio hora de hoy a la tarde, sino planificar cómo se descarboniza, cómo descentraliza, cómo genera empleo, cómo mejora la balanza comercial nacional, y todo eso no pasa solo, pasa con decisiones de política activa. Si el Estado no las toma, las toma un tercero, y eso se ve en los acuerdos con el FMI, que desde 2022 hace mención a la descarbonización. Si uno no presenta el plan, lo imponen desde afuera y seguramente refleja los intereses de terceros.

-También planteó que se está yendo a una velocidad como nunca antes, pero más lento que lo necesario. ¿En qué situación estamos?
-En la Argentina, las energías renovables representan el 19% del total de la matriz eléctrica, cuando en 2015 empezó el marco regulatorio de la ley 27.191 teníamos menos del 2%. El crecimiento es muy significativo y ya no son jugadores marginales. Las renovables ya no son una marginalidad de ecologista romántico; es parte del establishment de la energía. Lo que viene es impulsar un crecimiento más significativo e ir a la descarbonización de la matriz en el 2050. Cuanto más rápido lo hagamos, más barato va a ser.
Es una demanda de actores económicos principales y no marginales. A escala global estamos en un momento complicado porque la discontinuidad que generó Trump pone el Net Zero en stand by, porque “es un invento de la izquierda internacional del cambio climático” y demás. Eso retrasa el proceso, mucho más cuando se ven los lobbies internacionales de los países con los que Milei tiene alianzas, que tienen muy fuertemente el centro de gravedad en el gas. Pero reitero, la batalla no es renovables o gas, es renovables y gas; la discusión es quién financia y en qué proporción.
Lo que puede hacer Argentina es acelerar el proceso de ir a las renovables más cerca de la velocidad que deberíamos en términos globales para aprovechar los beneficios del financiamiento climático blando. De otra forma no va a acceder porque Argentina no es parte del megaproblema de las emisiones (0,7% de las emisiones globales), pero tiene un 60% arriba de la media de América Latina en términos de emisión per cápita. Eso la pone menos competitiva para las exportaciones ante el impuesto diferencial de carbono, insisto, ya ahora con la Unión Europea, pero en breve con el resto del planeta.
Y cuando pase la moda del negacionismo -porque sea de derecha o de izquierda, es una moda-, vamos a tener que acelerar el proceso de descarbonización. Cuantos más años pasemos sin hacer nada, más caro será acelerar después. Hacerlo progresivamente es más barato que hacerlo de golpe y lo que está haciendo el mundo en general, con honrosas excepciones, es patear la pelota para adelante. Argentina tiene una oportunidad histórica porque puede hacerlo ahorrando dinero, generando empleo y adicionalidad a las inversiones argentinas.
No hizo nada de lo que debió haber hecho en los últimos 30 años (y no asociado a un gobierno, sino a todos los gobiernos con sus matices) y ahora se puede beneficiar de su propia falta de inversión entrando tarde, haciendo que el financiamiento climático le pague el diferencial del esfuerzo. A un gobierno negacionista, si lo corrés por el lado del discurso del cambio climático, no te escucha.
La forma correcta de presentarlo es como una oportunidad de negocios en la que se podrán mejorar todas las oportunidades de la matriz eléctrica argentina, simplemente modificando el marco regulatorio sin que el Gobierno tenga que poner un centavo en términos de inversión de infraestructura. (BAE, Buenos Aires, 17/08/2026)

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