Inversiones y conocimiento: Más que una obra: qué pierde Argentina al paralizar el CAREM
o.- (Paridad en la Macro) La interrupción de la construcción del primer reactor modular pequeño argentino profundiza el debate sobre el financiamiento de los proyectos públicos.
Si bien el proyecto Central Argentina de Elementos Modulares (CAREM) suele aparecer en la discusión pública como un tema reservado a los especialistas en el sector energético y, más específicamente, en energía nuclear, constituye también un caso de estudio sobre economía de la innovación y política industrial. Una de las preguntas relevantes en este debate es si Argentina puede sostener proyectos tecnológicos que requieren décadas de inversión antes de generar un retorno económico.
Concebido por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) a comienzos de la década de 1980, el proyecto CAREM fue el primer diseño de reactor modular pequeño (SMR, por sus siglas en inglés) del mundo en estar oficialmente en construcción en 2014.
El reactor, que empezó a construirse en el complejo Atucha (en la localidad de Lima, provincia de Buenos Aires), se diseñó para cubrir una potencia de 32 MW eléctricos y fue ideado como prototipo: su objetivo principal no sería abastecer una porción de la demanda eléctrica nacional, sino validar y consolidar un diseño propio que sirviera de referencia para futuros módulos comerciales, y generara capacidades industriales que eventualmente pudieran traducirse en exportaciones de tecnología y servicios.
Diseñar un reactor implica desarrollar ingeniería, fabricar componentes de altísima complejidad, formar recursos humanos especializados, calificar proveedores y atravesar procesos regulatorios sumamente exigentes. Vale decir, entonces, que la industria nuclear opera con horizontes de inversión de décadas. El verdadero activo de estos proyectos es, además de la infraestructura construida, el conocimiento que se acumula durante ese recorrido.
En el caso del proyecto CAREM, el proceso sufrió un freno brusco en 2024. Como consecuencia de la política de ajuste fiscal implementada tras la asunción de Javier Milei, la CNEA informó que debía suspender las obras del CAREM por falta de recursos presupuestarios. La decisión no respondió a un problema técnico ni regulatorio, sino a una redefinición de las prioridades del gasto público.
Cabe destacar que la paralización ocurrió cuando el proyecto ya había alcanzado un grado significativo de avance. Según el Informe de Ejecución Físico-Financiera del Presupuesto Nacional correspondiente al primer trimestre de 2024, elaborado por la Oficina Nacional de Presupuesto del Ministerio de Economía, el CAREM registraba un 63,5% de avance físico para marzo de ese año. Asimismo, la Hoja de Situación Nuclear de la CNEA, con datos correspondientes al mismo período, consignaba un 95% de avance en ingeniería, 61% en la provisión de suministros y 86% en construcción.
En proyectos intensivos en conocimiento, el valor agregado no crece de manera lineal con la construcción. Las primeras etapas concentran buena parte del aprendizaje: diseño conceptual, ingeniería, desarrollo de componentes y materiales y conformación de una red de proveedores capaces de cumplir estándares nucleares. Esa inversión genera un capital intangible que no figura como un activo en el balance del Estado, pero cuya pérdida tiene consecuencias económicas concretas. Aunque es cierto que, en general, lo invertido no debería condicionar por sí mismo una decisión futura, en este caso tampoco debería ignorarse que, cuando una inversión permitió construir capacidades tecnológicas difíciles de replicar, abandonar el proyecto implica depreciar un activo que trasciende la obra física. En el proyecto CAREM, el riesgo es dejar una construcción inconclusa y, en simultáneo, perder equipos de ingeniería, proveedores especializados y recursos humanos cuya formación demandó décadas.
El contexto internacional vuelve especialmente relevante esta discusión. La Agencia Internacional de Energía Atómica registra más de ochenta diseños de SMR en desarrollo. Estados Unidos financia varios programas a través de su Departamento de Energía para acelerar la demostración comercial de esta tecnología.
Por su parte, el Reino Unido ya seleccionó a Rolls Royce como oferente para el desarrollo de su primer SMR, mientras que Canadá incorporó los reactores modulares a su estrategia energética. China aparece como uno de los países a la vanguardia en el desarrollo de SMR y ya conectó a la red el primero de diseño propio.
Ninguno de estos países invierte porque exista hoy un gran mercado consolidado, sino porque espera participar de uno que podría expandirse durante las próximas décadas.
A través del proyecto CAREM, Argentina estaba incluida en este grupo selecto. Es cierto que, como ocurre con cualquier desarrollo tecnológico de frontera, existe incertidumbre sobre sus costos, su competitividad y la evolución del mercado. Pero esa incertidumbre también está presente en los programas que hoy financian las principales economías del mundo.
Las proyecciones de la Agencia Internacional de Energía apuntan en la misma dirección y se focalizan en la demanda: la electrificación de la economía, la descarbonización de la industria, la producción de hidrógeno y el fuerte crecimiento de la demanda eléctrica asociada a centros de datos e inteligencia artificial vuelven a colocar a la energía nuclear en el radar de numerosos países. Los SMR aparecen como una alternativa para atender parte de esa demanda con menores tiempos de construcción y mayor flexibilidad que las centrales convencionales.
Cuando la mayor parte del conocimiento asociada al proyecto CAREM ya fue desarrollada, habiéndose construido en Argentina capacidades reconocidas internacionalmente en ingeniería nuclear, exportado reactores de investigación y consolidado una cadena industrial especializada a lo largo de años, cabe preguntarse el costo de paralizar esta central.
Más aún, en simultáneo se da el despido de trabajadores altamente calificados de la CNEA y la aparición de la empresa estadounidense Meitner Energy, que podría acogerse al super RIGI para la construcción de un reactor ACR-300, en cooperación con INVAP, dentro del mismo complejo nuclear, lo que en la opinión de muchos especialistas contribuye a un vaciamiento de los equipos técnicos nacionales en favor de iniciativas privadas extranjeras.
En sectores de alta tecnología, donde la continuidad suele ser tan importante como la inversión inicial, la paralización del proyecto CAREM -con todo su potencial, sumado a la licencia social otorgada para su construcción y con el conocimiento como uno de sus principales activos- obliga a preguntarse si Argentina cuenta con una estrategia para sostener proyectos tecnológicos de largo plazo. La pérdida del conocimiento, de los equipos técnicos y de las capacidades industriales acumuladas durante tanto tiempo representan el costo de oportunidad de interrumpir un proceso de desarrollo tecnológico que requiere horizontes mucho más largos que un período de gobierno. (11/08/2026-20:40hs)
Inversiones y conocimiento: Más que una obra: qué pierde Argentina al paralizar el CAREM
