Murió el Papa Francisco
Laudato Si’: “una ética de la ecología integral:
lo ambiental, lo económico y lo social
no pueden escindirse”.
Un hombre que fue signo de contradicción
o.- En la cuaresma de 1976, el cardenal Karol Wojtyla predicó unos ejercicios espirituales a la curia romana publicados con este título, al asumir su pontificado como Juan Pablo II. Fue uno de los papas más queridos de la historia que murió en olor de santidad pero también él encarnó esa condición conflictual. ¿Qué es ser signo de contradicción? El sintagma revela una señal recogida en los textos del nuevo testamento paobligado ra designar a los primeros cristianos y en primer lugar al propio Jesucristo, y quiere significar cómo una vida virtuosa, e incluso de santidad, suele provocar sentimientos opuestos, sobre todo cuando ella contrasta con las costumbres de una sociedad. Esta actitud se incrementa en el caso de quienes han venido a proferir cosas nuevas, a transformar una realidad instalada.
Esta figura se encuentra bien representada en Jorge Mario Bergoglio, un nombre controversial, tan cuestionado fuera como dentro de la Iglesia. Dentro, porque ha evidenciado un talante exigente al remover aguas estancadas y denunciar el nuevo fariseísmo de los guardianes de la fe que repiten su letra pero no viven su espíritu. Fuera, por cuestionar con acritud las perversiones y las injusticias de unos modos de vida que se asientan en la opresión de los débiles. Me parece que aquí se encuentra la clave para discernir el contenido de su legado, aunque los historiadores afirman que para justipreciar cuestiones de tanta envergadura hay que esperar un tiempo prudencial.
Resulta paradójico que Francisco haya sido impugnado por ambiguo al cuestionar verdades consideradas intocables cuando uno de sus rasgos haya sido hablar sin pelos en la lengua. Bastantes cosas se pueden decir del primer papa argentino, aunque por su propia personalidad quizás él mismo prescinda del juicio de los hombres para anclarse exclusivamente en el divino. Al extraer de mi archivo la copia de una carta dirigida a los protagonistas de una ordenación diaconal en nuestro país aparece de inmediato la radicalidad de su espíritu en ese gráfico lenguaje bergogliano que suele ser más expresivo que un tratado de teología. Ahí les dice sin eufemismos a los nuevos diáconos: pongan la carne sobre el asador. Durante su pontificado, Francisco ha cocinado un jugoso costillar con chimichurri e invita a todos al asado.
Sus innovaciones han dado lugar a una enorme bibliografía. Él ha abierto nuevos manantiales en la Iglesia y en la sociedad, pero no porque haya incoado reformas que han volteado tradiciones multiseculares como el advenimiento de las mujeres en las estructuras de gobierno o haber situado a los pobres en el centro de la mirada de los fieles, y otras cuestiones que son las que más han llamado la atención, sobre todo en la opinión pública. El legado de Francisco, mucho más que eso, es un nuevo modo de entender y de vivir el perenne mensaje de Jesucristo, con todas sus consecuencias.
Profesor emérito de la Universidad Austral Roberto Bosca
(Clarín, Buenos Aires, 22/04/2025)
El legado del papa Francisco, una voz moral que desafió al poder global
o.- Ante la partida de Su Santidad el papa Francisco, es imposible no detenerse a reflexionar sobre la huella que deja, no sólo en la historia de la Iglesia, sino también en el complejo tablero de la política internacional contemporánea. Jorge Mario Bergoglio, argentino y universal, asumió el Pontificado con una certeza tan simple como revolucionaria: que la diplomacia de la Santa Sede debía estar al servicio de la humanidad sufriente. Desde ese lugar, construyó una política exterior centrada en la dignidad de la persona humana, la defensa de los postergados y la promoción de un orden global más justo.
Su gestión será recordada por una defensa sin concesiones de la paz, entendida no como una negociación de intereses sino como una vocación ética fundada en el diálogo y la reconciliación. Francisco supo ubicar el drama de los migrantes —expulsados por la guerra, el hambre y la explotación— en el centro de la conciencia global. Su magisterio no se limitó a denunciar: reclamó acción concreta a los Estados, a los organismos internacionales, y a cada uno de nosotros. Su presencia junto a los olvidados del sistema fue coherente con una visión de la política como servicio, y no como administración de poder.
Uno de los gestos más emblemáticos de su pontificado fue su inquebrantable vocación por el diálogo interreligioso. El histórico documento sobre la Fraternidad Humana, no fue una mera declaración simbólica: constituyó un hito diplomático y moral, una hoja de ruta para superar el odio sectario y construir un entendimiento duradero entre credos. Francisco comprendió como pocos que la paz del siglo XXI exige que las religiones no sean parte del problema, sino parte activa de la solución.
En Laudato Si’, tal vez su encíclica más profética, abordó la cuestión ambiental con una claridad y una valentía inusuales. Denunció sin rodeos la lógica de explotación ilimitada del planeta y articuló, con precisión conceptual, una ética de la ecología integral: lo ambiental, lo económico y lo social no pueden escindirse. Fue, en el fondo, una llamada a la conversión no sólo espiritual, sino civilizatoria.
Pero si hay un hilo que vertebra todo su legado, es la opción por los pobres. Francisco no habló de ellos desde una piedad distante, sino desde una cercanía radical. Su magisterio interpeló las estructuras del poder global, cuestionó la avaricia como motor económico y propuso una economía con rostro humano. No habló de caridad, sino de justicia. Y no buscó consuelo, sino transformación.
En el fondo, su visión internacional nacía de una imagen de Dios profundamente humana. Un Dios de la misericordia, del perdón y del abrazo. En su prédica constante, exigía el mandamiento más simple y difícil: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. Y quizás por eso, en un tiempo de cinismos y fracturas, su voz se volvió imprescindible.
Adalberto Rodríguez Giavarini, ex ministro de Relaciones Exteriores. (Clarín, Buenos Aires, 22/04/2025)
Cuando un amigo se va
o.- Apenas elegido papa, Francisco me llamó por teléfono y me dio la dirección del correo electrónico mediante el cual nos mantendríamos comunicados. Desde aquel día de marzo hasta el presente él se dirigía a mí y yo a él, en nuestros intercambios epistolares, mediante las palabras “querido hermano”.
Nuestra amistad, que comenzó en la segunda mitad de la década del 90, se caracterizó por el respeto mutuo que nos profesamos y el diálogo sincero y directo que fuimos forjando desde nuestros primeros encuentros. Nos fuimos revelando el uno al otro lentamente, abriendo cada uno plenamente su corazón.
Construimos un diálogo franco, en el que no en todo coincidíamos y en el que abundaban los silencios. Tuvimos, en múltiples tópicos, miradas distintas, pero eso nunca provocó un desencuentro. Tratamos de desarrollar un diálogo en el sentido más profundo del concepto. Siendo
él cardenal arzobispo de Buenos Aires, o bien como papa, nunca se situó en una grada superior a mí cuando estábamos solos en nuestros encuentros en mi comunidad o en su despacho en Buenos Aires, así como en la pequeña sala en la planta baja de Santa Marta.
Francisco o Jorge Mario era para mí el individuo, el amigo, no la autoridad. Cuando teníamos nuestros primeros encuentros, él solía decirme: nosotros estamos parados en el mismo nivel. Compartíamos los sueños de la construcción de un mundo mejor antes de su elección como papa, y me confiaba muchas de sus visiones y acciones luego de haber sido elegido tal.
Para siempre quedará grabada en la memoria de muchos la noche del 11 de octubre de 2012, en la que por primera vez en la historia la Pontificia Universidad Católica Argentina, de la cual Bergoglio era entonces gran canciller, le confería un doctorado honoris causa a un judío, a un rabino. Era uno de los momentos centrales de la celebración del cincuentenario del inicio de las sesiones del Concilio Vaticano II. Cuando me colocó la medalla de la universidad en derredor del cuello, sin micrófono de por medio, me dijo: usted no sabe cuánto soñé este momento. En ese acto quiso Bergoglio dejar marcado a fuego el nuevo rumbo al que debían encaminarse las relaciones judeocatólicas.
Estuvimos juntos en Jerusalén, nos abrazamos frente al muro occidental que rodeaba al Templo, el lugar más sagrado en la tradición judía, en el que predicó Jesús y Mahoma subió a los cielos, de acuerdo con las respectivas tradiciones cristiana y musulmana. Quisimos, junto a nuestro amigo musulmán Omar Abboud, dejar una imagen que pueda inspirar en el futuro a muchos a labrar una senda de paz.
En sus libros autobiográficos cabe hallar la contracara de aquello que escuetamente describo en estas líneas. En el segundo capítulo de Vida. Mi historia a través de la Historia, menciona los relatos que le transmití acerca de la Shoah y en el capítulo 19 de Esperanza. La autobiografía, lo que significó nuestra amistad para él.
Francisco quiso purificar su Iglesia y al mundo. Con errores y con aciertos, buscó con ansiedad construir una senda en la que la presencia de Dios pueda ser más visible en el seno de la humanidad. Alberto Cortez, cantautor argentino, escribió en su composición “Cuando un amigo se va” lo siguiente: “Cuando un amigo se va/ Queda un tizón encendido/Que no se puede apagar/ Ni con las aguas de un río”.
Su cariño, humildad y sensibilidad superlativa para con los pobres y débiles, los necesitados e indigentes seguirán refulgiendo del tizón de la memoria que ha legado para todos.
Abraham Skorka
La Nación, 22/04/2025
