Wall Street recalibra el rumbo de la economía argentina
o.-Durante los primeros meses del proceso de ordenamiento macroeconómico, los grandes bancos internacionales mostraron una marcada vocación por colocarse en la primera fila de los entusiasmos.
La diplomacia financiera festejaba el equilibrio fiscal como un dogma inamovible, mientras en las planillas de cálculo se proyectaba un rebote contundente. Sin embargo, cuando la economía real habla a través de los datos duros, los mercados financieros no dudan en corregir el rumbo con pragmatismo.
Eso es precisamente lo que ocurrió con el J.P. Morgan, una de las entidades de Wall Street que fuera más afín al esquema oficial. Tras la publicación del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) correspondiente al mes de julio, que registró una inédita contracción desestacionalizada del 2,9% mensual, el banco norteamericano recortó drásticamente su estimación de crecimiento para el Producto Bruto Interno (PBI) de 2026, pasando del 2,7% inicial, a un 1,5%.
La lectura de los analistas fue tajante: salvo por los momentos de aislamiento severo en la pandemia de 2020, la crisis global de 2008 o el pico del estrés financiero entre 2018 y 2019, la economía argentina no registraba un golpe mensual de esta envergadura desde 2004. El dato destruyó las previsiones que contemplaban una caída significativamente menor (en torno al 1%) y encendió las alarmas de recesión técnica para el tercer trimestre.
Las grietas de la macro: sectores intensivos vs. mercado interno
Para entender por qué el pronóstico del gigante bursátil se desplomó a la mitad, hay que desarmar la composición sectorial de la actividad. La foto de la economía argentina actual exhibe una pronunciada dualidad de dos velocidades.
Por un lado, la minería, la energía y las actividades agropecuarias continúan traccionando divisas y mostrando tasas de crecimiento interanual positivas, apalancadas por regímenes de fomento a las inversiones y una demanda externa sostenida.
Sin embargo, la contracara se evidencia en los sectores que explican la mayor densidad del empleo y el flujo de caja cotidiano: el comercio y la industria manufacturera. En la medición de julio, ambas ramas sufrieron retrocesos interanuales del 5,1% y 4,6% respectivamente, restándole más de 1,3 puntos porcentuales al índice general.
Esta disparidad expone una restricción estructural del modelo de estabilización actual: los motores exportadores de capital intensivo generan dólares, pero no logran derramar liquidez ni capacidad de compra de manera inmediata sobre el entramado urbano.
Mientras la doble restricción de una política monetaria restrictiva y una austeridad fiscal quirúrgica continúe enfriando el consumo masivo, los sectores orientados al mercado interno seguirán operando con márgenes ajustados e incapacidad de absorción laboral.
El dilema de la brecha del consumo
El aspecto más revelador del reciente informe de J.P. Morgan no reside únicamente en el recalculo para el presente ejercicio, sino en las perspectivas proyectadas para los años subsiguientes.
Mientras que el Presupuesto oficial prevé una expansión del consumo privado cercana al 3,4% para 2027 sobre la base de una convergencia inflacionaria rápida y la reaparición del salario real, la entidad financiera redujo su previsión sobre dicha variable a un 0,4%.
Esta divergencia conceptual expone visiones contrapuestas sobre el ritmo de la recuperación. Desde la perspectiva de Wall Street, la economía puede encaminarse hacia una senda de estabilidad macroeconómica impulsada por exportaciones, pero sin que ese proceso vaya acompañado por un repunte equivalente en las condiciones de vida de la demanda interna.
La encrucijada de la política económica radica entonces en resolver si el actual proceso de estabilización logrará tender un puente entre la solidez de las variables financieras y la dinamización del consumo masivo, o si, por el contrario, la transición se sostendrá sobre un escenario de crecimiento heterogéneo y un estancamiento prolongado del mercado local. (BAE Negocios)
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