Presiones y desequilibrios, el lado “B” del acuerdo comercial y de inversiones con EE.UU.
o.- (Natasha Niebieskikwiat) La intención es estratégica para Milei. Implica una apertura del país con un socio clave. Pero la letra chica muestra asimetría. Y múltiples exigencias.
El acuerdo comercial firmado entre los gobiernos de Argentina y Estados Unidos la semana pasada puede leerse en el marco de la relación estratégica que Javier Milei buscó construir con Donald Trump. El republicano lo viene respaldando política y financieramente para sostener la economía, y en definitiva su estabilidad. Pero la incondicionalidad y la asimetría de este vínculo se vuelve evidente en la letra de los textos firmados.
Más aún: con el correr de las horas, entre lo ocurrido, lo anunciado y lo relatado entre jueves y viernes, especialistas, asesores provinciales, cámaras empresarias y legisladores comenzaron a poner la lupa sobre el otro lado de lo pactado. Allí aparecen fuertes diferencias y desequilibrios en favor de Estados Unidos, además de una enorme presión para que la Argentina modifique su normativa en un tiempo veloz en asuntos clave, priorice bienes provenientes del mercado estadounidense.
Y ello a costa incluso de la relación con socios estratégicos como el Mercosur, la Unión Europea y China. Y con el riesgo de que el país sea denunciado ante la Organización Mundial de Comercio por el contraste de sus compromisos adquiridos y la priorización de EE.UU.
Aunque el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, lo calificó el viernes como “el primer gran acuerdo comercial de América Latina”, El Salvador y Guatemala lo habían firmado antes, en las últimas semanas. Tampoco se trata del camino hacia un tratado de libre comercio: no es esa la lógica que impera en la filosofía del America First de Trump, basada en el proteccionismo, en contraste con la apertura extrema que promueve el Gobierno libertario argentino.
De allí que el acuerdo haya generado una silenciosa zozobra en las primeras horas posteriores a la firma, sobre todo frente a los anuncios rimbombantes vinculados a la carne. El jueves, el canciller Pablo Quirno informó que había firmado el acuerdo con el Representante de Comercio de Trump, Jamieson Greer, quien poco antes, en Davos, había sido explícito: EE.UU. avanzará con sus acuerdos solo cuando sirvan a sus intereses nacionales; de lo contrario, no lo hará.
La zozobra se originó en un punto central: según el acuerdo firmado -de carácter permanente- es Argentina se comprometió a darle una cuota preferencial de carne a los Estados Unidos, de manera permanente, de hasta 80.000 toneladas de carne, sin que se especifiquen las características del producto. Es decir, podrían ser carnes estadounidenses con arancel cero, de cualquier tipo, incluso tratadas con hormonas, una práctica permitida en Estados Unidos pero prohibida en la Argentina.
Pero el Anexo 1, donde figuran los compromisos fijos asumidos por Estados Unidos en el llamado Acuerdo de Comercio e Inversiones firmado el jueves por Quirno y Greer, no aparece ninguna obligación de cuotas en la compra por parte de los Estados Unidos de carne argentina. Hubo que esperar casi 24 horas para que ese punto surgiera en la proclama de Trump -un decreto- que establece que solo durante este año Estados Unidos comprará, en cuatro tandas, 20.000 toneladas hasta completar las 80.000 toneladas.
Se trata de una medida transitoria, destinada a paliar los efectos de la sequía en Estados Unidos, la baja de la producción y la suba de los precios. El acuerdo permanente, en cambio, fija la obligación estable de establecer cuotas de carne estadounidense en el mercado argentino, no a la inversa.
En medio del revuelo en redes sociales y de la creciente polarización de opiniones, la doctora en Relaciones Internacionales y magister en Relaciones Comerciales Internacionales. Julieta Zelicovich lo explicó así: “Una diferencia muy importante es la distinta calidad jurídica de los compromisos asumidos por uno y otro país. A la Argentina se le exigen reformas que deben pasar por el Congreso, instrumentos con peso legal y anclaje institucional que brindan certidumbre a los actores norteamericanos en el mediano y largo plazo. Argentina no obtiene lo mismo de EE.UU.”
Zelicovich, que es profesora en la Universidad Nacional de Rosario, señaló que los compromisos estadounidenses quedan circunscriptos al marco del International Emergency Economic Powers Act (IEEPA), es decir, a las facultades de emergencia económica de Trump frente a supuestas amenazas a la seguridad nacional. Se trata de órdenes ejecutivas que no pasan por el Congreso y que hoy están siendo judicializadas ante la Corte Suprema. Si ese marco legal cae —algo que podría definirse hacia fines de febrero o principios de marzo— , o si hay un cambio de gobierno cuando finalice el mandato de Trump, ninguno de esos compromisos perdura en el tiempo.
“Hay compromisos que a la Argentina le parecieron relevantes: la cuota de carne apareció recién casi 24 horas después. Esa orden ejecutiva no es una decisión permanente de EE.UU. y es solo por un año. Es mucho más volátil que todo lo que Argentina concede”, explicó.
El Gobierno considera el acuerdo una victoria histórica. Los textos implican una presión para el país: reformar leyes, adoptar compromisos internacionales y ratificar otros en el Congreso antes del 30 de abril, como la incorporación al Tratado de Cooperación en materia de Patentes. También fija compromisos a cumplir antes de 2027 en trece ítems, mientras que Estados Unidos no asume ninguno comparable. (Clarín, Buenos Aires, 09/02/2026)
