La destrucción de la ficción y la lectura del mundo que viene
o.- (Juliana Montani Politóloga (IBA) Analista en ISIAE/CARI) Cada época tiene su ficción de estabilidad. Antes de la pandemia, la presencialidad fue la norma en el trabajo. La rigidez no era tecnológica, sino estratégica: resultaba riesgoso ser el primero en cambiar.
Un shock externo hizo que en cuestión de meses, opciones virtuales disponibles desde hacía años se volvieran parte de nuestra rutina. Las tecnologías ya existían; lo nuevo fue el aumento del costo de no adoptarlas.
Hoy, frente a la guerra en Medio Oriente, otra ficción empieza a resquebrajarse: la de una economía global sostenida indefinidamente sobre energía barata, rutas seguras y cadenas de suministro optimizadas casi exclusivamente por costo.
De la eficiencia a la resiliencia
Durante décadas, el principio organizador del comercio fue la eficiencia que mantuvo un consumo intensivo dependiente de cadenas de suministro y proveedores altamente concentrados y especializados (semiconductores en Taiwán, tierras raras en China, gas ruso en Europa), todo con grandes costos ambientales.
El supuesto implícito de este ¨modelo Shein¨ fue un contexto geopolítico estable que garantizaba rutas abiertas y energía accesible. Ya durante la pandemia, el colapso de la logística marítima (con fletes que se multiplicaron por diez y puertos saturados) empezó a mostrar el costo real de las cadenas sobreoptimizadas. Ahí empezó la búsqueda de redundancia: safety stocks, nearshoring, múltiples proveedores.
La declinación de los Estados Unidos como el garante del orden mundial basado en reglas está dejando paso a una bipolaridad diferente de la clásica, una ¨bipolaridad compleja¨: una bipolaridad con interdependencia, una fragmentación en bloques con potencias intermedias activas.
El principio organizador del comercio mundial migra de una globalización optimizada por costo a una optimizada por resiliencia.
El comercio pasa a ser más redundante, más regionalizado y más caro, priorizando disponibilidad sobre precio. La geopolítica deja de ser territorio de cancillerías para incorporarse a los Excels de las empresas: exposición a cuellos de botella, sanciones, primas de guerra en seguros y fragilidad logística. El modelo just-in-time cede ante el just-in-case.
Una generación que ya consume distinto
Este proceso ocurre en concomitancia con un recambio generacional que redefine la fisonomía económica desde abajo. Gen Z y millennials priorizan equilibrio, bienestar y propósito además del salario, y a la hora de gastar buscan experiencia e identidad. Junto con el reajuste de incentivos geopolíticos, esa selectividad de consumo puede volverse estructural: un factor tan decisivo como el precio del petróleo, con implicancias profundas para empresas y políticas públicas.
América Latina: ¿oportunidad o espectadora?
En este reordenamiento, América Latina, con recursos minerales, energéticos y una posición geográfica que conecta mercados, aparece en el mapa de quienes buscan diversificar. Argentina tiene Vaca Muerta y completa con Chile y Bolivia el triángulo del litio, clave para la transición energética. Guyana emerge como exportador petrolero con una velocidad sorprendente.
El conflicto en Medio Oriente expone con brutalidad que se eleva el costo de no cambiar.
Brasil combina agroindustria, hidrocarburos offshore e industria manufacturera. Y la región ofrece puertos con acceso al Atlántico y al Pacífico, y una ubicación ideal para el nearshoring en un mundo que busca cadenas más confiables.
A esto se suma un ciclo político que viene produciendo gobiernos más pragmáticos y orientados a la apertura como Uruguay, Ecuador, Panamá, República Dominicana, Argentina. Un mundo que migra hacia socios predecibles necesita interlocutores con reglas claras. Incluso Venezuela transita una normalización cautelosa que, si se consolida, despeja uno de los principales focos de tensión del continente.
La región se beneficiaría de alineación pragmática entre Oriente y Occidente sin cruzar líneas rojas y de marcos regulatorios que atraigan capital y experiencia internacional. La ventana existe. Veremos si hay voluntad y velocidad suficientes para abrirla antes de que otros lo hagan primero. Un mundo menos ingenuo
Nada de esto implica negar lo evidente: las guerras destruyen riqueza, generan sufrimiento y amplifican desigualdades. Los efectos son asimétricos y golpean más fuerte a quienes tienen menos margen de adaptación.
La guerra en Medio Oriente es parte del crujir de un mundo diferente. Uno más caro, probablemente, pero también más consciente de que la eficiencia sin resiliencia era, en el fondo, otra forma de fragilidad. Así como la pandemia no inventó la digitalización sino que la aceleró, la guerra no está creando de cero un nuevo modelo económico: está forzando la transición hacia uno que ya estaba en gestación.
Las ficciones se rompen. El conflicto en Medio Oriente expone con brutalidad y realismo político, que se eleva el costo de no cambiar. Lo que venga después para América Latina dependerá de qué estemos construyendo hoy sobre la lectura del mundo que viene.
Los recientes anuncios de Donald Trump sobre la normalización de la navegación en el Estrecho de Ormuz y la posterior declaración iraní en reasumir su control, constituyen un escenario útil para examinar las tensiones y dinámicas económicas y geopolíticas en contextos de conflicto armado.
Para un lector argentino –familiarizado con el Atlántico Sur y pasos estratégicos como el Estrecho de Magallanes– Ormuz permite advertir la relevancia de ciertos corredores marítimos en el comercio internacional actual.
En la navegación por los estrechos internacionales se aplica un régimen de paso en tránsito previsto por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982 (ratificada por 172 Estados, un 89% de la membresía de la ONU), que logra equilibrar los intereses de la comunidad internacional e imposibilita la suspensión del paso (art. 44) al tiempo que, refuerza exigencias funcionales orientadas a garantizar su navegación continua, expedita y conforme a estándares de seguridad y protección del medio marino, por lo que tales limitaciones –lejos de debilitar el régimen– consolidan una impronta de libertad más amplia que el paso inocente previsto para el mar territorial.
En Ormuz se advierte la existencia de dos posiciones divergentes entre los Estados ribereños: por un lado, Irán no ratificó la Convención de 1982 y rechaza la naturaleza consuetudinaria del paso en tránsito, al tiempo que intenta aplicar el régimen de paso inocente y reclama –entre otras medidas– distintas exigencias para la navegación de buques de guerra y eventuales contribuciones por el uso del estrecho.
Por otro lado, Omán ha adoptado una postura ambivalente, intentando compatibilizar ratificación de la Convención de 1982 con medidas orientadas a preservar sus intereses en materias específicas y de seguridad, sin menoscabar el paso en tránsito.
A esto se adicionan las históricas tensiones entre los Estados que utilizan el estrecho y el nuevo dimensionamiento de los conflictos bélicos de oriente medio. Si bien nos encontramos en medio de negociaciones entre Estados Unidos e Irán, este último Estado siempre ha amenazado con diversas acciones unilaterales, desde el establecimiento de contramedidas hasta un eventual “cierre” del estrecho, con argumentos que difícilmente puedan justificarse en derecho internacional aplicable, al menos en la forma propuesta, máxime cuando existen mecanismos de ordenamiento y administración del tráfico marítimo supervisados por la Organización Marítima Internacional.
Finalmente, no es posible una situación análoga en el Estrecho de Magallanes en atención sus diferencias:
1) su navegación se encuentra excluida del régimen de tránsito (art. 35 de la Convención de 1982) en razón del régimen especial preexistente en el tratado argentino-chileno de 1881;
2) su régimen y el art. 10 del Tratado de Paz y Amistad de 1984 no parecen ser diferentes al garantizado por la Convención de 1982, aunque el Anexo 2 del texto de 1984 describe un régimen más restrictivo que el paso en tránsito; y
3) aun considerando su relevancia como vía de conexión entre los océanos Pacífico y Atlántico, su centralidad estratégica en el tráfico marítimo global resulta comparativamente menor –por ejemplo, al Canal de Panamá– lo que torna improbable la aparición de una controversia equiparable –a Ormuz– en el Atlántico Sur. (Clarín, Buenos Aires, 23/04/2026)
