Groenlandia: hielo, minerales y la nueva disputa política
o.- (Belén Medina Fernández) Rutas marítimas, seguridad militar y minerales críticos enmarcan la isla, pero su explotación enfrenta severas limitaciones que Donald Trump parece ignorar.
Groenlandia dejó de ser un territorio periférico para convertirse en uno de los espacios más codiciados del sistema internacional.
Con apenas 57.000 habitantes y más de 2,2 millones de kilómetros cuadrados cubiertos en gran parte por hielo, la isla condensa varios de los ejes que definen la geopolítica del siglo XXI: control territorial, rutas comerciales emergentes, minerales críticos, cambio climático y tensión entre potencias.
Ubicada entre el Atlántico Norte y el océano Ártico, Groenlandia ocupa una posición estratégica única. Pertenece al Reino de Dinamarca, pero goza de un amplio régimen de autonomía y controla su política de recursos naturales.
Esa combinación la transforma en una pieza sensible dentro del tablero occidental y, al mismo tiempo, en un punto de fricción para una arquitectura de seguridad diseñada para otro mundo. Tal como lo demuestra la declarada intención del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de apropiarse de la isla y sus recursos, aun si tiene que ir contra sus propios aliados de la OTAN.
Enclave natural
El factor decisivo que revalorizó a Groenlandia es el cambio climático. El retroceso sostenido del hielo marino acelera un escenario que hasta hace dos décadas parecía teórico: un Ártico navegable durante gran parte del año.
Ese proceso redefine rutas comerciales globales al reducir hasta un 40% las distancias entre Asia y Europa en comparación con los corredores tradicionales como el canal de Suez.
Rusia ya capitaliza esa ventaja con la Ruta Marítima del Norte, mientras China se presenta como “potencia casi ártica” e invierte en rompehielos, puertos y acuerdos logísticos. En ese contexto, Groenlandia funciona como un enclave natural entre ambos océanos, con potencial para albergar puertos de aguas profundas, bases aéreas y nodos logísticos capaces de influir sobre el comercio global del futuro.
Más que una isla rica en recursos, Groenlandia actúa como un puerto adelantado al mundo que viene, un territorio desde el cual se puede proyectar poder económico y militar sobre las nuevas rutas del siglo XXI.
Minerales críticos
Uno de los argumentos más repetidos sobre Groenlandia, sobre todo por Trump, tiene que ver con su riqueza mineral. Bajo su superficie se concentran tierras raras y minerales críticos esenciales para la transición energética y la industria de defensa, como neodimio, terbio y escandio. Las estimaciones sitúan los recursos potenciales en decenas de millones de toneladas.
Sin embargo, la distancia entre el potencial geológico y la viabilidad económica es enorme. Groenlandia carece casi por completo de infraestructura.
No existen rutas terrestres que conecten los principales asentamientos, la red eléctrica no soporta minería a gran escala y el clima limita la actividad a pocos meses al año. El resto del tiempo, la maquinaria debe permanecer inactiva bajo condiciones polares. A eso se suma la complejidad del procesamiento, ya que muchos minerales aparecen asociados al uranio, lo que eleva los costos y los controles ambientales.
Especialistas del sector minero coinciden en que desarrollar una mina en Groenlandia exige inversiones de miles de millones de dólares y más de una década de trabajo antes de obtener retornos. Esa realidad explica por qué, pese a décadas de exploración, la isla no logró consolidar una industria extractiva relevante.
Medio ambiente
El debate sobre los recursos no se limita a la economía. La sociedad groenlandesa conserva una memoria activa de los daños ambientales provocados por explotaciones pasadas.
Estudios científicos todavía detectan contaminación derivada de actividades mineras cerradas hace más de medio siglo en ecosistemas extremadamente frágiles.
Ese antecedente explica la resistencia social a proyectos extractivos sin control local. Para la población, la minería solo resulta aceptable si garantiza participación directa en las decisiones y en la propiedad de los emprendimientos. El botín existe, pero no aparece como una solución inmediata ni como una vía automática hacia la independencia económica.
El caso del yacimiento de Kvanefjeld, uno de los mayores depósitos de tierras raras y uranio del mundo, resume esa tensión. La prohibición de extraer uranio por razones ambientales derivó en un arbitraje internacional millonario y evidenció cómo los intereses globales chocan con decisiones locales.
Seguridad, OTAN y una paradoja sin resolver
La centralidad estratégica de Groenlandia expone una contradicción profunda dentro de la OTAN. Al formar parte de Dinamarca, cualquier amenaza o presión sobre la isla involucra a la Alianza Atlántica. Sin embargo, el diseño del Artículo 5 nunca contempló un escenario en el que la tensión provenga del interior del propio bloque ni cómo responder ante asimetrías extremas de poder entre aliados.
Dirigentes europeos advierten que un conflicto en torno a Groenlandia podría paralizar a la OTAN sin necesidad de disparar un solo tiro.
La imposibilidad material y política de defender la isla frente a una superpotencia aliada erosionaría la credibilidad de las garantías de seguridad colectiva. Ese escenario beneficia directamente a Rusia, que observa cómo Europa enfrenta dudas estructurales en el momento de mayor tensión desde el final de la Guerra Fría.
Guerra híbrida
El norte de Europa vive un proceso de militarización creciente, con sabotajes a cables submarinos, gasoductos e infraestructuras críticas en el mar Báltico. Estos episodios consolidaron la idea de una guerra híbrida permanente, donde las acciones se mueven por debajo del umbral del conflicto abierto.
En ese escenario, controlar puertos, aeródromos y sistemas de comunicación en el Ártico se vuelve tan relevante como firmar tratados. La lógica de los hechos consumados gana terreno frente a los mecanismos legales, percibidos como lentos e ineficaces.
La paradoja final es demográfica. Todo este pulso global gira en torno a un territorio con menos de 60.000 habitantes, mayoritariamente contrario a integrarse en otro país y favorable, en el mejor de los casos, a una independencia gradual y cautelosa. Sin embargo, su peso estratégico supera con creces su tamaño y su población.
En un solo espacio, se reúnen todos los dilemas centrales del orden internacional en transición y tensionado por la ambición trumpista: el avance del deshielo, la disputa por minerales críticos, la fragilidad de las alianzas y el retorno de la geografía como factor dominante.
Más que un problema local, Groenlandia funciona como un espejo del mundo que emerge. Un mundo donde el Ártico deja de ser un borde remoto del mapa para transformarse en uno de sus nuevos centros de gravedad, y donde el control del territorio vuelve a definir el poder global. (BAE, Buenos Aires, 12/01/2026)
