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El ardor de los cielos

El ardor de los cielos

(Por Ricardo Alonso) Las auroras boreales han sido siempre una belleza relacionada con los paisajes nórdicos. Las disfrutan los países que se encuentran cerca del círculo polar ártico. Están relacionadas con la defensa que hace la Tierra, a través de la magnetósfera, de las partículas cargadas eléctricamente y que provienen del Sol. Lucen con muchos colores de acuerdo con la intensidad y gracias a ello han sido descriptas desde la antigüedad.
Incluso se las ha llegado a ver a latitudes bastante bajas.
Hasta no hace mucho tiempo el registro más antiguo estaba en un documento chino del año 193 antes de Cristo. Sin embargo la lectura de tabletas de arcilla con caracteres cuneiformes de Mesopotamia permitió determinar fenómenos astronómicos que ocurrieron unos 600 años antes de Cristo.
Historiadores de la ciencia, especialmente estudiosos japoneses liderados por Hisashi Hayakawa, han investigado los diarios astronómicos de Babilonia y encontraron cinco entre nueve fenómenos que coinciden con observaciones de auroras en la antigua Mesopotamia. Esos diarios cubren entre el 652 y el 61 antes de la era cristiana.
También han investigado fuentes antiguas de China, Japón y Corea en busca de fenómenos atmosféricos que aparecen descriptos como vapores, nubes o luces y que pueden estar relacionados con tormentas solares y auroras boreales. Por ejemplo el uso de palabras como "arcoíris inusuales" o "arcoíris blancos" son candidatos para ubicar fenómenos aurorales en los antiguos documentos.
Un cambio de era
El punto es que las observaciones astronómicas instrumentales se remontan a solo cuatro siglos atrás. Antes de ello hay que recurrir a documentos de muy diversos tipos, desde esas antiguas tabletas de arcilla hasta manuscritos medievales.
Entre los manuscritos resulta de gran interés un escrito de carácter científico, en latín, del siglo XVI.
Se trata de la obra del médico italiano Marcello Squarcialupi, un protestante antitrinitario que vivía en Hungría y estaba bajo la protección del príncipe de Transilvania Kristóf Báthory (1530-1581). Squarcialupi, fue testigo presencial de la aurora del 10 de septiembre de 1580. En su libro "Del ardor del cielo" hizo la primera descripción científica de una aurora boreal proporcionando datos exactos de sus observaciones personales sobre el tiempo, la dirección, la forma, el color y variabilidad. Invocó una explicación racional, planteando solo causas naturales. Téngase presente que estos fenómenos de los cielos eran temidos en la Edad Media porque en el imaginario colectivo presagiaban sucesos graves. De ese autor se conoce también un manuscrito sobre los cometas y otro sobre las aguas de las fuentes y de los ríos. Resulta necesario identificar, reconstruir y catalogar la vieja actividad del Sol en orden a comprender la dinámica de nuestra estrella. Y todo lo que puede aparejar en cuanto a la evolución de sus manchas así como las llamaradas y tormentas eléctricas. Parte se puede estudiar en los isótopos de carbono-14 de los anillos de los árboles. Así fue como se descubrieron dos eventos con un aumento considerable de radioisótopos cosmogénicos para los años 775 y 994. O bien en los isótopos de berilo-10 de los hielos antárticos
La furia del sol
Pero no hay nada mejor que un manuscrito donde figuran datos concretos como fecha, hora y descripción de un fenómeno.
La importancia de recurrir a documentos históricos de la era pretelescópica tiene que ver con la posibilidad de rastrear eventos solares y cósmicos. Una es para entender nuestro propio Sol y otra luego que se descubriera de que algunas estrellas de tipo solar o 3G son capaces de generar mega tormentas o superfulguraciones al menos una vez por centuria de acuerdo con estudios de la física estelar. No se sabe con certeza si el Sol tuvo ese tipo de superfulguraciones en el pasado, pero sí que responderían a un mecanismo similar. Habría un registro posible a fines del Pleistoceno, un momento clave donde se extinguió la megafauna de mamíferos del Cuaternario.
Pero no hace falta irse muy lejos. En 1859 ocurrió la más intensa erupción solar desde que se tienen registros telescópicos y lleva por nombre el Evento Carrington, en homenaje al nombre del astrónomo que lo describió por primera vez. La deflagración estuvo acompañada de una gigantesca mancha solar. Se han visto manchas de más de 12.000 km lo cual es el equivalente al tamaño del planeta Tierra. El fenómeno causó desastres en América y Europa, especialmente en los telégrafos de la época. Las auroras fueron visibles en casi todas las latitudes y reportadas por astrónomos aficionados en Japón, Hawái y el Caribe. Un pico de incremento de nitratos en los testigos obtenidos de perforaciones en hielos polares ha sido atribuido a dicho evento.
Lo cierto es que un fenómeno similar, en la actualidad, tendría consecuencias imprevisibles y pérdidas que un cálculo conservador estima en dos trillones de dólares. Esto basado en que nuestra civilización actual se asienta sobre una infraestructura eléctrica.
De allí la importancia de estudiar la actividad pasada y presente del magnetismo solar y su efecto en el clima de la Tierra. Los ciclos solares duran once años. pero se cuenta con información de que un evento tipo Carrington podría ocurrir cada cien años.
Se sabe entonces que las grandes manchas solares desencadenan con frecuencia enormes erupciones que resultan en grandes tormentas magnéticas que producen auroras boreales en nuestro planeta aún en latitudes bajas. Eso está bastante bien establecido.
El sol y las pandemias
Lo que no se sabe aún con certeza es qué relación existe entre los máximos solares con las epidemias en la Tierra. Edgar Hope-Simpson, médico británico, publicó en 1978 en la revista Nature un estudio en que hacía notar la sorprendente coincidencia entre los tiempos de las pandemias de gripe tipo A y los ciclos de máxima actividad de manchas solares durante el siglo XX.
Por su parte, los astrónomos Fred Hoyle y Chandra Wickramasinghe, ampliaron el estudio sobre pandemias de influenza y manchas solares a los últimos 250 años, en un artículo publicado también en Nature en 1979. Maximiliano Rocca, científico argentino, ha retomado el tema ampliando las correlaciones entre manchas y máximos solares hasta mediados del siglo XVI, unos 500 años de datos.
Ha publicado algunas de sus ideas con el prestigioso científico Chandra Wickramasinghe. Rocca sostiene que la mortífera pandemia de 1556-1560 ocurrió durante un máximo de manchas solares y solo en Europa mató al 20% de la población.
En 1580 hubo una nueva pandemia coincidente con un máximo de manchas solares y en 1582 se registró una gran tormenta magnética solar que provocó vistosas auroras boreales en la Tierra. Curiosamente el Mínimo de Maunder, un periodo de inactividad magnética y ausencia de manchas solares que va desde 1618 hasta 1723, o sea un siglo de duración, no registra pandemias.
Tampoco hubo reportes de auroras boreales, especialmente entre 1645 y 1715. Entre 1729 y 1732 hubo un nuevo máximo de actividad de manchas solares y una pandemia asociada.
La pandemia de 1917 a 1919 fue la peor registrada en toda la historia conocida. Se la conoce como “la Dama Española” y la produjo la cepa del virus influenza tipo A H1N1.
Su oleada más letal comenzó a fines de agosto de 1918 y se esparció luego por todo el mundo matando a no menos de 50 millones de personas en solo un año. Esta terrible pandemia ocurrió durante el máximo de manchas solares del ciclo solar número 15.
En cinco siglos de datos, lo llamativo es que el 70% de las pandemias, 13 en total, han ocurrido durante máximos solares.
En comparación, Rocca chequeó para el mismo periodo la ocurrencia de grandes terremotos y mega erupciones volcánicas buscando alguna correlación estadística con las manchas solares y no encontró ninguna. Los máximos de manchas solares son el reflejo de la fuerte actividad magnética solar.
No hay dos ciclos de manchas solares iguales.
Durante el máximo de cada ciclo hay mucha emisión de radiación UV, X y Gamma, fulguraciones y protuberancias solares. Rocca propuso además un mecanismo para
explicar la relación entre las radiaciones ultravioletas y los virus de la gripe A que generarían las pandemias mencionadas.
Futuros estudios podrían demostrar la causalidad o casualidad de la correlación entre máximos solares y pandemias. (El Tribuno, Salta)